Antes de aceptarme como no heterosexual, como lesbiana, como mujer que gusta de la atracción de otras mujeres, era tan fuerte la culpa, me sentía un pecado andante que tenía que ocultar su atracción por las mujeres. El catolicismo cristiano nos enseña y nos regala una pesada carga de tristezas, de culpa, de condenas gratuitas. Muchos lo sufrimos.
Pero ahora ya lo hablo abiertamente, la verdad me hizo libre. Soy feliz porque tengo un Dios al que recurrir y se que él es amor absoluto.
Ahora entiendo que Dios también comprende, perdona, no juzga y así sea homosexual, heterosexual, bisexual o sea que me enamore, con amor verdadero, de un ser extraterrestre, me va aceptar siempre. Sé que este Dios no vive ni profesa en alguna de las iglesias de mi país, por eso me lo encuentro en cualquier lado que vaya y quiera encontrarlo.