Imagine que es usted un cliente asiduo a cierto cafecito en el Estado de México. Un local muy agradable en el que usted se siente a gusto y por eso va casi todas las mañanas a leer el periódico, alguna revista o un libro.
Conoce a los comensales y ha entablado una buena relación con varios de ellos. Quien trabaja en dicho cafecito lo conoce bien, ya sabe lo que pide, lo que le gusta. Lo atiende con amabilidad y cortesía.
A usted, cuando lee el periódico, le gusta comentar la noticia en voz alta. Esas costumbres son muy simpáticas. Mi abuelo, cuando me llevaba al kínder y a mis hermanas a la prepa, en los semáforos en rojo se ponía a conversar sobre política con el del auto de a lado. decía: “Oiga, amigo, ¿cómo ve al desastre de Presidente que tenemos?”. A mis hermanas les daba pena, porque luego ponían el siga y mi abuelo seguía comentando el punto y nos tocaban el claxon los de atrás, pero a mí me daba mucha risa.
El caso es que a usted —como a mi abuelo— le gusta comentar en voz alta la noticia, con o sin interlocutor inmediato. Peeeeero —porque en toda historia hay un pero— usted se topa de pronto con notas en el periódico que le dan pie a soltar comentarios homofóbicos, por ejemplo: “Ora resulta que los putos pueden adoptar, ¿a dónde vamos a ir a parar?” o “Pues ¿cómo les van a dar seguro social? eso no se llama matrimonio, eso es pura estupidez, el matrimonio es de hombre-mujer y nada más” o “estos maricones lo que quieren es que todo mundo se haga maricón”, etcétera.
Uno pensaría: ¡Bueeeeh! ¿Qué daño puede hacer la libertad de expresión?
La cosa es que no sólo es muy probable que entre su familia existan personas homosexuales que se sentirían francamente lastimadas con sus comentarios, sino que justamente quien le sirve en este cafecito que tanto adora es lesbiana. Además, es una lesbiana que le cae bien, porque si no le cayera bien, pues usted no iría a su cafecito todas las mañanas a leer el periódico. Y esa lesbiana ya pasó por el viacrucis de decirle a toda su familia y amigos que es lesbiana, cosa que le costó mucho trabajo. Pero ahí la lleva, poco a poco, como todo mundo, con sus miedos, sus inseguridades, sus detalles oceánicos por conquistar.
Pero cada que usted hace uno de esos comentarios, a ella le duele, le da tristeza, se enoja, no sabe qué hacer. Su radar de la dignidad le dice que no está bien quedarse callada porque siente que su silencio se hace cómplice. Su radar de sobrevivencia le dice que en el Estado de México no se castiga la discriminación, de hecho, hace no mucho tiempo que un gobernador mandó encarcelar, violar y golpear a un maestro homosexual. Así que si quiere seguir teniendo un cafecito en paz, mejor que se quede callada.
Su radar inmediato le dice: “Corre a ese méndigo homófobo de tu café”. Y su radar pacifista le cuestiona: “¿Y si lo dialogas con él? ¿Si le explicas que es muy mala onda que haga eso?”. Y luego luego viene el miedo ancestral, que le ordena: “¡No! Mejor no digas nada”.
Últimamente, en esto del conocimiento del derecho humano, he aprendido algunos conceptos interesantes, como “educación para la paz” o “resolución pacífica de conflictos”.
Hasta donde entiendo, porque todavía no entiendo mucho, se trata de darle la vuelta a la educación occidental en la que el éxito se equipara a chingarse al de a lado, y valorar la potencia y el poder de la comunidad. Esto es, nos conviene más la negociación que la confrontación pal truene. Como estamos en un país en guerra, sonó mi campanita. Porque la violencia comienza en lo cotidiano. En esas acciones por medio de las cuales tu diferencia —respecto de mí— es razón suficiente pa romperte el hocico. Romperte el hocico (rechazarte, excluirte) me hace sentir poderoso. Sentirme poderoso es lo que se espera de mí, dentro de esta educación occidental.
Tons, si es usted un señor que lee el periódico en un cafecito en el estado de México y suelta comentarios homófobos a la menor provocación, le invito a reaccionar distinto, por vías pacíficas. ¿Cómo? Apreciando el valor de la diferencia.
Poco a poco, con paciencia, no se crea que esto funcionará a la de ya. La inercia para la guerra y la violencia es mucha.
Ahí tiene usted, por ejemplo, a Felipe Calderón.
Por Ana Francis Mor*
Twitter: @anafrancismor
*Cabaretera y reina chula
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