En aquel documental producido por la BBC de Bristol Seven ages of rock, en el episodio que recorre la historia del rock alternativo estadunidense, Michael Stipe, vocalista de la hoy extinta R.E.M., recuerda que ellos y uno de los representantes del hardcore más puro y visceral, Black Flag, tuvieron que tocar en clubes gays pues eran los únicos que se arriesgaban a prestar sus locales para que estas bandas pudieran interpretar su música. Especialmente no muchos querían a los Black Flag en sus escenarios; sus aceleradas, agitadas y brevísimas canciones con la agresiva voz de Henry Rollins encima, gritando canciones sobre la inconformidad y la desesperación de una juventud desplazada por un mainstream más bien menso incendiaban los ánimos de los asistentes, detonando convulsos episodios de slam comunitario que no tardaban en convertirse en episodios violentos.
Luego Sean Bidder en su libro Pump up the volumen, sobre la historia del house, recuerda que en ciudades como Chicago la esencia de lo que devendría en ese género elemental para la siguiente evolución de la música electrónica y el dancefloor sólo podía escucharse en clubes gays, donde se ponían los acetatos más avanzados, novedosos de música bailable.
Pareciera que antes los antros gays buscaban más la provocación o el hedonismo novedoso, heterogéneo, inconforme, a diferencia de muchas discos bugas donde el cadenero, dos gorilas en la entrada, la segregación vil, son parte del encanto de la noche.
Hace un par de horas colgué con el publirrelacionista de un club gay, por lo que entiendo aún nuevo, ubicado en Polanco, para asuntos editoriales. Las cosas como son: ante todo fue amable. Me describió el club al que representa como un sitio con cadena, un repaso detallado del proceso de selección de los que pueden cruzar la línea de entrada, descripción del ambiente y la música, que me quedó claro se trataba de singles dance de moda. Agregó que van “artistas” y por tal motivo tiene que haber un equilibrio estético de las personas que ocupan sus mesas y pasillos-espacios de baile. También debo confesar que su sinceridad me vino a bien; prefiero eso a pseudoactivistas LGBTTTi que hablan de igualdad e inclusión pero jamás permitirían que un prieto les haga sexo oral.
Quedé en mantener contacto con este PR cuya labor no cuestiono en lo absoluto. A decir verdad, lo hace bastante bien y comprendo que el club que representa responde a una demanda de muchos gays mexicanos que al menos a mí me dan la impresión de imitar los rituales de esparcimiento más viciados y excluyentes de los bugas.
El Nuevo Orden
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