Tenía (después de esta columna será el verbo real) un sex friendly, más bien compañero sexual, porque jamás podríamos ser amigos. Su gusto musical me provoca sentimientos que van de la molestia a la depresión más bien del tipo tormentoso.
Según lo que me cuenta, tiene un restaurante en Guanajuato de tamales, vive con eso y lo que gana vendiendo equipos de tecnología que nunca he entendido bien de lo que se trata, pero sí me queda claro que sus jefes son de Miami; le alcanza para una camioneta Escape 2009, definirse como gente bien, no moreno, más bien apiñonado claro, pagarse boletos en primera fila de los conciertos de Noel Schajris y tener todo el derecho de decirle a la señorita al otro lado del teléfono cosas como idiotita, mongola o bruta cuando le toma la dirección para mandarle un taxi de sitio. Me di cuenta que le gusta alardear con su prepotencia provinciana.
Un día fui con él a cenar después de coincidir en una marcha del orgullo. Me presentó como uno de sus tantos amigos periodistas, ellos, “sus comadres” eran más o menos iguales: tipos que se recortan figuras ridículas en la barbas, afeminados, que fantasean con el mesero, pero quieren llamar al gerente por dos minutos y medio de tardanza o qué se yo y mueven la cabeza de un lado para otro, quizás para contener la ganas de gritarle su ineptitud, aunque lo descuartizan una vez que se ha ido. No lo dicen en su cara.
La última vez que nos vimos, hace como año y más de siete meses, fuimos a la farmacia, quería un spray para deportistas muy de moda entre gays pasivos, se me quedó grabado lo que dijo, algo como “de veras que está bien mongol para manejar, se cree mucho porque trae carrazo del año, pero de nada cuenta si está prieto y naco”, refiriéndose al auto delante de nosotros. No me la pasé muy bien el resto de la noche.
Me acordé de él vivamente ahora que el escándalo del video en el que Miguel Moisés Sacal Smek se le va a golpes a un empleado de un edificio de departamentos saturó las redes sociales. Además de la agresión física, le grita palabras como naco, indio, dejando en claro su prepotencia. Me acordé de este sex friendly y de muchos bugas también. En México es muy común denigrar al que tiene tres pesos menos que uno. Sólo que cuando lo veo en gays se me hace más enfermizo porque van a marchas exigiendo que se acabe de una vez por todas la homofobia, pero en un restaurante babean con el mesero al que describen como indio sabroso, y al mismo tiempo son incapaces y, por qué no, cobardes, de darle un cabezazo certero al que les diga joto, puto, maricón.
No sé porqué nunca le dije que no me parecía la forma en que trataba a la gente. De esas cosas que se atoran entre la garganta y la erección, tal vez por esos días me sentía feo. Acabo de colgar, le dije que hablaría de él en mi columna de mañana. Parecía contento.
Twitter: @wencesbgay
El Nuevo Orden
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