Las malas películas mexicanas de los años setenta y ochenta acabaron con los grandes cines, esos edificios majestuosos que se imponían en las principales avenidas de la ciudad: el Real Cinema, el Américas, el París, el Latino, el Cosmos, el Chaplin, el Arcadia, el Mariscala, el Insurgentes, el Lindavista, el Futurama, el Tlatelolco, el Ópera, el Orfeo… No conocí ni el mítico Roble, que se levantaba donde hoy está la nueva sede del Senado, ni el Chapultepec, en donde antes estuvo la escultura de la Diana Cazadora, pero a la mayoría de ellos fui en mi infancia y mi temprana adolescencia y hoy ya no existen. Todos sucumbieron gracias a las películas de ficheras pero también a verdaderos churros como La risa en vacaciones. Ya en esas, algunos prefirieron convertirse en cines porno.
Recuerdo que el cine Lindavista era para películas infantiles, así que mis padres nos llevaron muchas veces a mis hermanos, a mis primos y a mí; hoy está en ruinas pues allí levantarán el santuario a San Juan Diego. El Real Cinema lo tiraron y lo volvieron a levantar a capricho de la empresa que lo compró para tener más salas; al Diana fui a ver el Batman de Tim Burton, cuando todavía era una sola y gran sala y que tanto me lo recordó el Cine Yara de La Habana cuando me metí a ver Suite Habana; el Chaplin, en la Guerrero, durante mucho tiempo fue un exitoso antro, hoy lo han hecho cascajo para construir un edificio de departamentos; el Américas ha sido varias plazas comerciales y todas han fracasado; del París sólo recuerdo vagamente el largo pasillo que llevaba a su interior; al Latino fui con mis primeros novios, lo tiraron y hoy es un estacionamiento; el Futurama lo adquirió el Gobierno del DF por iniciativa de la actriz María Rojo y lo hicieron un centro cultural; el Orfeo lo rescataron de años de olvido y allí montaron el musical La bella y la bestia, que fue su debut y despedida como teatro.
De otros sólo queda el cascaron y el recuerdo de viejos tiempos: el imponente Cosmos, el Mariscala que durante un tiempo fue porno y todavía funcionaba hace un par de años, el discreto Arcadia sobre avenida Balderas, el Ópera con esas esculturas en su fachada que tanto miedo me daban de niño, el Insurgentes que aún puede verse desde la glorieta bien disimulado por espectaculares, el Tlatelolco que veo más frecuentemente y me da tanta lástima, y claro el legendario cine Teresa, hoy una plaza para todos los ambulantes que antes estaban sobre Eje Central. De los cines porno quedan todavía menos: el Nacional, el Tacuba –donde Julián Hernández rodó parte de su película Rabioso sol, rabioso cielo–, el Savoy y el Ciudadela.
Sólo esos pocos cines quedan para recordarnos que esta ciudad tuvo su esplendor cinematográfico.